miércoles, 2 de febrero de 2011

Un Cuento Mío

La ostra azul

El secreto de una buena vejez no es otra cosa que

un pacto honrado con la soledad.

Gabriel García Márquez

Así como una jornada bien empleada produce un dulce sueño,

así una vida bien usada causa una dulce muerte.

Leonardo Da Vinci



-Abrí las piernas, pues, marica. -Le decía mientras se iba poniendo sobre él, ya desnudos los dos, y le sujetaba los talones levantándole las piernas.

-No, no, no lo hagamos así.

-Ponéte de espaldas entonces.

-No, está bien, pero es que así sin nada, como que mejor no.

-Que no va a pasar nada, no te va a doler. -Dijo, y comenzó a besarlo por el cuello, las mejillas, en la boca. Le mordía con rudeza los labios, mientras se movía hacia atrás y adelante, de manera espasmódica.

-¡Que no! -Dijo el otro, y le agarró con la mano la verga desnuda, interrumpiendo el amago de penetración de Carlos. Así no me siento cómodo, me gustas mucho, pero al menos...

-¡Al menos nada! Carlos se levantó bruscamente de la cama, y comenzó a ponerse el pantalón.

- No te molestes. Ven hagamos otras cosas. No te vayas todavía.

Carlos no dijo nada, siguió vistiéndose, y, al cabo de un corto silencio le dijo a Ricardo:

-Me molesta que dudés de mí, estoy bien, tú estás bien.

Acababan de conocerse esa noche en La Ostra Azul. Carlos lo había mirado fijamente desde una de las mesas, mientras Ricardo, desde la barra, respondía brevemente a sus miradas, pero de inmediato se volteaba y clavaba la vista en su cerveza. Tum-tum, tum-tum, tum-tum, cada vez más acelerado, el corazón le daba anuncios de alerta: “O te acercas a él, o exploto -le decía”. “Pero, qué corazón tan marica” -pensaba Ricardo. “No, no puedo ser tan perra. Si él se acerca sí, si no, no.”

Carlos había tenido un día que él clasificaba como “normal”. En la mañana, su madre le había recordado por qué no debía haber nacido, el noviecito con el que estaba saliendo desde que había llegado a Venezuela hacía unas semanas, lo había dejado. Unos tipos en una buseta lo habían tildado de marico por sus pantalones apretados, y su peinado, y él les había respondido mostrándoles el dedo del medio, los tipos sigueron en sus improperios, él por su parte les repondió y se bajó molesto para tomar otro transporte. “¡Jódanse todos, triplehijueputas!” Les gritó desde afuera. “Malditos, malditos, malditos”-repetía para sus adentros como un mantra. Lo único bueno que le había pasado antes de entrar al bar era que al final de la tarde se había encontrado con unos amigos de Medellín, “una parranda de viejos maricas” -como él los tildaba-, y lo habían invitando a un Sauna. Una, otra, otra, así iba tragándose las cervezas que le regalaban sus amigos. Recostado en un sillón. De pronto, al desviar la mirada del televisor del lugar, sentado con las piernas abiertas, estaba un muchacho morenito, de ojos claros. “Uy Dios mío, y esta belleza de dónde salió.” Sin pensarlo, se levantó se empinó el último trago, se ajustó la toalla blanca que tenía en la cintura, fijó la mirada en el muchacho y caminó rumbo al cuarto de vapor, no sin antes hacerle un ademán de invitación al otro. Como por inercia el deconocido se levantó y lo siguió, adentro entre las sombras, entre el aire pesado, el sudor, la humedad y el olor a eucalipto, se encontraron.

Ricardo había salido del trabajo, y rumbo al metro, pensó: “Ah, qué coño, me merezco unas birritas. He trabajado burda. Sí, claro unas birritas. ¡Zorra! Que no soy zorra, coño. Lo que voy es tomarme unas cervezas y ya, eso es todo, eso es todo.”

“Mierda, qué estoy haciendo, -dijo para sus adentros- pero es que ese chamo está burda de lindo. Como a mí me gustan doraditos. Pero no, no. No lo mires, no lo mires, coño, ahí está otra vez, y te está mirando mucho.” Cansado de la tensión se levantó de la silla y apagó el cigarro, se decidió a hablarle, solamente a hablarle. Pero Carlos ya estaba detrás de él, le pidió un cigarrillo, y a Ricardo casi se le cae de la mano al dárselo.

-¿Cómo te llamas?

-Ricardo ¿Y tú?

-Carlos ¿Tenés sitio?

-¿De dónde eres?

-¿Tenés sitio o no?

-Ehm... sí. Es por aquí cerca. ¿De dónde eres?

-Colombia.

-Me gustan mucho los colombianos.

A Ricardo se le puso dura. Y se fueron a su casa.

-Me molesta que dudés de mí, estoy bien, tú estás bien. - Fue todo lo que dijo, y ante el silencio de Ricardo se fue molesto y encarpado. “Pobre marica” -dijo antes de dar un portazo.

-Qué mierda, qué marica soy, él tiene razón. Ahora a hacerme la paja como un pendejo. Maldito, por qué se fue. -Y se quedó llorando acurrucado en la cama.

Carlos dirigió sus pasos al mismo antro donde se habían conocido, mientras caminaba y fumaba, dejaba que su mente cavilara libremente: “Por qué no me quedé, el man se veía bien. Tiene casa. Ah, marica, yo sí soy bien loca, sí, me voy a vivir con él, nos compramos un perrito, y adoptamos un hijo, ja ja ja ja.” Notó que había alguien tras él, al voltearse reconoció las figuras de la mañana, las de la buseta. “Ahora sí nos arreglamos.” -Pensó Carlos. Los pasos se aceleraban, y él oyó las risas de los tres hombres cada vez más cerca.

-¡Ey! Dijo uno.

Carlos se volteó a la defensiva, y lo último que sintió fue que algo le reventaba en la sien.


Autor: José Zambrano / 2009


Salvador Novo

(México 1904-1974)


Cronista, poeta, dramaturgo y gastrónomo. Carlos Monsiváis dice que fue un homosexual belicosamente reconocido en épocas de afirmación despiadada del machismo. Con un ingenio literario rápido y pícaro. Hacía uso de una gran capacidad satírica y de un cinismo y descaro memorables, resistió el desprecio y la calumnia ofreciendo a sus lectores un testimonio único de las luchas por crear espacios para la diferencia en un mundo extremadamente reaccionario y pacato. Ligado al grupo de los Contemporáneos, estuvo muy relacionado con las vanguardias europeas. Fue miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.





Este perfume


Este perfume intenso de tu carne

no es nada más que el mundo que desplazan y mueven los globos azules de tus ojos

y la tierra y los ríos azules de las venas que aprisionan tus brazos.

Hay todas las redondas naranjas en tu beso de angustia

sacrificado al borde de un huerto en que la vida se suspendió por todos los siglos

de la mía.

Qué remoto era el aire infinito que llenó nuestros pechos.

Te arranqué de la tierra por las raíces ebrias de tus manos

y te he bebido todo, ¡oh fruto perfecto y delicioso!

Ya siempre cuando el sol palpe mi carne

he de sentir el rudo contacto de la tuya

nacida en la frescura de un alba inesperada,

nutrida en la caricia de tus ríos claros y puros como tu abrazo,

vuelta dulce en el viento que en las tardes

viene de las montañas a tu aliento,

madrugada en el sol de tus dieciocho años,

cálida para mí que la esperaba...




Tema de amor


Dentro de estos cuatro muros

pretendí ocultar mi dicha:

Pero el fruto, pero el aire

¿cómo me los guardaría?


Hora mejor que pospuse,

voces que eran para mí,

camino que no elegí

destino que no dispuse;

¡cómo os volvisteis oscuros!

¡qué amargo vuestro sabor

cuando nos encerró mi amor

dentro de estos cuatro muros!


Entre tu aurora y mi ocaso

el Tiempo desaparecía

y era nuestra y era mía

sangre, labio, vino y vaso.


En perdurar se encapricha

mi sombra junto a tu luz

y bajo negro capuz

pretendí ocultar mi dicha.

Pero el fruto, pero el aire,

pero el Tiempo que no fluya,

pero la presencia tuya

fuerte, joven, dulce, grande;

sangre tuya en vena mía,

lazos a instantes maduros,

dentro de estos cuatro muros

¿Cómo me los guardaraía?





Tú, yo mismo


Tú, yo mismo, seco como un viento derrotado

que no pudo sino muy brevemente

sostener en sus brazos una hoja

que arrancó de los árboles...

¿cómo será posible que nada te conmueva

que no haya lluvia que te estruje

ni sol que rinda tu fatiga?


Ser una transparencia sin objeto

sobre los lagos limpios de tus miradas.

¡Oh tempestad, diluvio de hace ya mucho tiempo!

Si desde entonces busco tu imagen

que era solamente mía

si en mis manos estériles ahogué

la última gota de tu sangre, y mi lágrima,

y si fue desde entonces indiferente el mundo,

e infinito el desierto,

y cada nueva noche,

musgo para el recuerdo de tu abrazo,

¿Cómo en el nuevo día tendré sino tu aliento,

sino tus brazos impalpables entre los míos?


Lloro como una madre

que ha reemplazado al hijo único muerto.

Lloro como la tierra que ha sentido dos veces

germinar el fruto perfecto y mismo.

Lloro porque eres tú para mi duelo

y ya te pertenezco en el pasado.




Comparto con ustedes unos poemas de

Porfirio Barba Jacob

(Colombia 1883-1942)

Porfirio Barba Jacob fue un seudónimo del poeta y periodista Miguel Ángel Osorio Benítez, nacido en Santa Rosa de Osos. Conocido en Centro América por su labor en la poesía y la prensa, fundador de revistas y cultivador de vicios. Nunca en vida publicó un poemario, pues siempre vivió inconforme de su obra. Las ediciones que se conocen de su poesía, vieron la luz, gracias al impulso económico que quisieron darle sus amigos, cuando el poeta se vio enfermo y abandonado.



Elegía Platónica


Amo a un jóven de insólita pureza,

todo de lumbre cándida investido:

la vida en él un nuevo dios empieza,

y ella en él cobra número y sentido.


Él, en su cotidiano mivimiento

por ámbitos de bruma y nomo y hada,

circunscribe las fámulas del viento

y el oro ufano en la espiga enarcada.


Ora fulgen los lagos por la estría...

Él es paz, en el alba nemorosa.

Es canción en lo cóncavo del día.

Es lucero en el agua tenebrosa...




Elegía del marino ilusorio

Pensando estoy… Mi pensamiento tiene
ya el ritmo, ya el color, ya el ardimiento
de un mar que alumbran fuegos ponentinos.
A la borda del buque van danzando,
ebrios del mar, los jóvenes marinos.
Pensando estoy… Yo, cómo ceñiría
la cabeza encrespada y voluptuosa
de un joven, en la playa deleitosa,
cual besa el mar con sus lenguas el día.
Y cómo de él cautivo, temblando, suspirando,
contra la Muerte
su juventud indómita, tierno, protegería.
Contra la Muerte,
su silueta ilusoria vaga en mi poesía.
Morir… ¿Conque esta carne cerúlea, macerada
en los jugos del mar, suave y ardiente,
será por el dolor acongojada?
Y el ser bello en la tierra encantada,
y el soñar en la noche iluminada,
y la ilusión, de soles diademada,
y el vigor… y el amor… ¿fue nada, nada?
¡Dame tu miel, oh niño de boca perfumada!